Acompaño especialmente a personas adultas que atraviesan ansiedad, perfeccionismo, procrastinación, síndrome del impostor, burnout y otras dificultades relacionadas con la autoexigencia. Muchas de las personas que consultan conmigo tienen trabajos de alta responsabilidad, estudian carreras exigentes o simplemente sienten que llevan demasiado tiempo sosteniendo una presión que ya no quieren seguir cargando.
Soy psicólogo y Doctor en Psicología, psicoterapeura, profesor universitario e investigador. Mi práctica se basa principalmente en la Terapia de Aceptación y Compromiso (Acceptance and Commitment Therapy, ACT), integrada con herramientas de la terapia cognitivo-conductual y otros enfoques respaldados por la evidencia científica. A lo largo de mi carrera siempre me interesaron las mismas preguntas: ¿por qué aún sabiendo que algo no nos ayuda, a veces insistimos en repetir los mismos patrones? ¿cómo salir de ahí? ¿qué ayuda realmente a las personas a producir cambios duraderos y qué no? Son diferentes formas de preguntarse cómo funciona nuestra mente, nuestra conducta, cómo se logra el cambio que necesitamos. Por qué hacemos lo que hacemos, pero aún más importante: cómo cambiar, cómo crecer y estar mejor.
Veo la terapia como un espacio de crecimiento para comprender juntos qué está manteniendo el problema y empezar a ensayar formas diferentes de responder. Muchas veces no podemos elegir qué pensamientos aparecen ni qué emociones sentimos, pero sí podemos aprender a relacionarnos con ellas de otra manera para que dejen de ocupar el centro de nuestra vida.
Desde afuera, probablemente parecés una persona que tiene las cosas bastante resueltas. Cumplís con tus responsabilidades, trabajás mucho y los demás suelen confiar en vos. Sin embargo, por dentro la experiencia puede ser muy distinta. Vivís con ansiedad, te exigís más de la cuenta, te cuesta disfrutar de los logros o sentís que cualquier error podría confirmar que no sos tan capaz como los demás creen.
Quizás postergás proyectos importantes porque querés hacerlos impecables. O te cuesta descansar sin sentir culpa. Tal vez conocés muy bien esa sensación que muchas personas describen como síndrome del impostor: la impresión de que, tarde o temprano, alguien va a descubrir que no merecés el lugar que ocupás.
Si algo de esto te resulta familiar, no estás solo. Es una experiencia mucho más frecuente de lo que parece, sobre todo en personas responsables, comprometidas y con altos niveles de autoexigencia. Desde afuera suelen verse exitosas. Desde adentro, muchas veces viven con un desgaste que casi nadie nota.
La autoexigencia, el perfeccionismo y sentir que “no era suficiente” no son temas que solamente conozco por haberlos estudiado, yo también atravesé episodios de intensa ansiedad, procrastinación e incluso burnout. Estas situaciones también atravesaron mi propia historia personal, no solo como investigador, docente o terapeuta. Es una de las principales razones por las que me dediqué a comprenderlas mejor y por las cuales disfruto tanto trabajar con personas que llegan a consulta sintiendo algo parecido. No creo que la experiencia personal reemplace la formación profesional, pero cuando ambas se juntan, sí puede ayudar a escuchar con más sensibilidad y dedicación, y menos prejuicios.
Además de mi formación como psicólogo, practico meditación desde hace más de veinte años. Cuando considero que puede ser útil, incorporo herramientas de mindfulness desde una perspectiva psicológica y basada en evidencia. No como una filosofía de vida ni como una respuesta para todo, sino como un recurso más dentro de un tratamiento construido a medida de cada persona.
Me gusta que quienes consultan entiendan por qué hacemos lo que hacemos. Creo que conocer el sentido de una intervención facilita que las herramientas puedan seguir siendo útiles mucho después de terminar la terapia. Mi intención no es que dependas del proceso terapéutico, sino acompañarte hasta que puedas desenvolverte con mayor autonomía, flexibilidad y confianza.
Cada persona llega con una historia diferente. Por eso intento evitar las recetas universales. Prefiero construir un tratamiento que tenga sentido para vos, respetando tus objetivos, tus tiempos y aquello que realmente querés cuidar en tu vida.
Pedir ayuda no significa que hayas fracasado. Muchas veces significa que decidiste dejar de gastar tanta energía luchando contra vos mismo y empezar a invertirla en construir una vida más acorde con la persona que querés ser.
Si al leer estas líneas sentiste que describían, aunque sea en parte, lo que estás viviendo, será un gusto acompañarte en ese proceso.
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